por Orlando Américo
Pérez
Las paredes oyen. Las paredes cuentan lo que oyen. Sólo es necesario
disponer de la adecuada sensibilidad auditiva que nos permita oír la
voz de cada ladrillo... entonces, cuando ellos hablan y como de ladrillos
se trata, sus palabras se van ordenando una trás otra para formar frases
que, a su vez, se van ensamblando hasta construir la historia. Hoy
me cuentan su historia las paredes de un viejo edificio, que nació
taller y que a pesar de sus 70 años jamás ha dejado de serlo.
También es la historia de su gente, mecánicos de alma, que engrasaron
sus manos día a día, por años, para ganarse el pan, sin horarios,
sin siestas, pero con tiempo para crear, inventar, preparar autos
de carrera, correrlos, hacer música o disfrutar de un asado con los
amigos.
Fundado por los hermanos Roberts de Esperanza en 1914, en un local
de Moreno y 25 de Mayo, poco tiempo después necesitaron de otro mayor
y lo hallaron en Colón y Vélez Sársfield, y en 1924 decidieron que
era tiempo de construir su propio local. A tal efecto adquirieron
en el entonces barrio Recreo (hoy San Martín) a don Francisco Peretti,
el terreno de bulevar Centenario (hoy Hipólito Yrigoyen) y Juan B.
Justo. Fue en 1925 cuando izaron por primera vez los portones levadizos
a contrapesos -creados por los propietarios del taller- para dar comienzo
a sus labores en la casa propia.
El 30 de agosto de 1941 el taller es alquilado por dos mecánicos
de oficio: Palmuci y Pratto. Los duros tiempos de la Segunda Guerra
generaban una carencia de elementos casi total en el país. A esto
se sumaba la imperiosa necesidad de trabajar cuando el trabajo era
escaso, por lo que ambos debieron aplicar toda su habilidad e ingenio
para reparar autos, tractores, reformar llantas o remendar maquinarias,
y llegado el caso, hasta soldar el fondo perforado de alguna olla.
Estuvieron bajo el techo de nuestra historia hasta el año 1945, época
en la que comenzaron a percibir que la fortuna parecía volcarse a
su favor, tanto como para hacerles pensar en acceder a su propio taller.
Y llegaron entonces Jorge Ternengo y Ernesto Lacertosa, sin dinero,
pero con la firme voluntad de trabajar. Esto lo comprende don Francisco
cuando les alquila el taller y les vende la maquinaria existente.
Comienza la época de los autos preparados, las carreras, los asados
con amigos y los clientes que se van satisfechos de la habilidad de
ambos mecánicos.
Allí se prepara el Whippet de chasis invertido, aquel que en la carrera
de 1947, al final de la avenida Santa Fe y las vías del Central Argentino,
debido a su poco radio de giro, doblaba al cantero en plena carrera
haciendo maniobras de marcha atrás, vuelta a vuelta.
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En una de esas noches de asado, los portones se elevaron para dejar
pasar a un futuro cinco veces campeón del mundo, Juan Manuel Fangio,
junto al bueno de Daniel Urrutia, su acompañante, quienes disfrutaron
de la cena bajo aquel techo amigo. Faltaba poco tiempo para las 22
horas del miércoles 20 de octubre de 1948 momento en el que ambos
sobre el Chevrolet Nº 1, darían inicio al Gran Premio de la América
del Sur, poniendo rumbo a Caracas. Pero también estaba demasiado cerca
la madrugada del viernes 29 de octubre, cuando terminaría la carrera
para Fangio y la vida para Urrutia, entre las piedras y la niebla
de un pueblito llamado Huanchasco, en Perú.
Cuántas anécdotas... como aquella de 1949 en Unquillo, cuando Ternengo,
con premeditada picardía, obligaba a largar la final a una experta
banderillera: la esposa del gobernador de Córdoba. Moviendo su Whippet
primero ganaba la carrera sobre los ases del momento, promediando
86,620 kilómetros por hora en el difícil trazado serrano.
O aquella otra, cuando llegando al Parque Urquiza de Paraná y viajando
en el mismo auto de carrera, se integra a los ensayos olvidando que
llevaba su valija y la de Américo Inardi -quien lo acompañaba- atada
a la parte posterior del coche. Resultado: ropa distribuida a todo
lo largo del circuito, devuelta después una a una por los amables
espectadores. Y un día, el final del Whippet en la recta norte del
viejo circuito de Atlético, cuando el preparador Rogelio Vittori y
Valentini impactaron contra un paraíso mientras probaban personalmente
el rendimiento de la máquina.
Se construyó pacientemente un nuevo auto, el rojo Chevrolet, animador
de tantas carreras y de varas "500 Millas Argentinas". En
esta última competencia se abonaba el sexto puesto en 1955, 1957 y
1958. Bajo el mismo techo recalaba, en vísperas de carreras, Mario
Sessareggo, consagrado piloto de ese tiempo, amigo y conocedor de
la buena mecánica y de los excelentes asados que la gente del taller
sabía administrar. A su vez, el Willys 6 de Lacertosa, cuyo bramido
emocionaba al niño que por los años '50 era el autor de esta nota,
participaba de aquellas "Vuelta de Las Colonias" para autos
estandar. Cuando regresaba, le quitaban los tanques suplementarios,
le ponían la capota y partían con él de turismo cruzando ida y vuelta
la cordillera por empinados caminos sin pensas ni problemas. El Willys
aún duerme bajo el mismo techo, junto a la recortada "chatita"
Whippet y su inseparable block de contrapeso. Mientras tanto les quedaba
tiempo para asociarse a R. Caballero y crear un servicio de transporte
Rafaela-Rosario con aquel noble Ford 46 provisto de un furgón de madera
bastonada marrón que se llamaba "Ñandú".
Y bajo ese techo, en ese ambiente, crecen el "Nene" Ternengo
y su hermano Carlos. El primero, de las dos ruedas a las cuatro, lograría
importantes triunfos a nivel nacional en distintas categorías. En
1969 ganaría nuestras "500" y el campeonato de Fórmula 1
Nacional, mientras que su hermano obtendría, en la misma carrera,
un sexto lugar, ambos con motores Tornado.
El trabajo rinde sus frutos y un buen día el edificio es adquirido
por Ternengo y Lacertosa. Luego en el año 1964, el segundo nombrad
compra a su vez la parte del socio y se constituye en el único dueño.
Hoy, este edificio decano de los talleres de Rafaela, continúa en
pie, conservándose tal cual como fue construido hace 70 años... si
hasta los contrapesos de los portones llevan en su interior las piezas
de algún Ford T con que los equilibraron en 1925. Sólo que ahora la
vida transcurre calmada y lenta entre sus paredes. Llegó la hora del
descanso. Ya no existe el movimiento de antes, pero igual se abren
sus puertas casi todos los días, para recibir a los viejos amigos
conversar de cosas del momento... y recordar lo que una vez fue.
Porque todavía se puede escuchar el eco de algún motor mezclado con
las voces de Palmucci y Pratto, de Ternengo, Lacertosa, los Inardi,
los Vittori, Rivas, Muriel, Boggio, Yacob, Curiotti, Iglesias, Manera,
Valentini, Scalenghe, Boretto, Avalos y tantos otros. Algunos ya no
están, otros siguen en la tarea de vivir; pero todos y cada uno de
ellos son los personajes que, en el transcurso del tiempo, se fueron
ensamblando entre sí como los ladrillos que hacen el edificio, para
crear y dar vida a esa cosa cálida, palpitante y tan llena de recuerdos
que es el corazón del viejo taller.
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